El álbum de fotos

Me encanta ver fotos, es uno de mis pasatiempos favoritos. Pienso que las fotos relatan muchas historias. Algunas son divertidas, otras son interesantes, algunas complejas, desenfocadas, poco nítidas o accidentales.
Claro esta que con la fotografía digital se ha perdido cierto encanto en el proceso mismo de tomar fotos y verlas. 
Recuerdo el tiempo de los rollos de 12, 24 y 36 exposiciones (Imagino la cara de algunos al leer esto y pensar: "Que vieja que estas querida") pero eso no hace que cambie mi idea sobre el especial encanto que tenia el proceso de tomar fotos. Pensábamos mucho en no desperdiciar las tomas  y todos tratábamos de poner la mejor cara, pues no había posibilidad de tomar una nueva foto, quedaba como quedaba. Luego de acabado el rollo había toda una ceremonia para retirarlo de la maquina fotográfica. Con sumo cuidado había que ponerlo en un pote de color negro y llevarlo al estudio de revelado. Pobre de aquel que se le  ocurriera  abrir la maquina sin antes haber embobinado correctamente la película, una tragedia en todo sentido, pues no existía forma de recuperar las tomas. A cuantos nos costó mas que un coscorrón el haber tenido el atrevimiento de realizar tremenda tarea (como si de desactivar una bomba se tratara). Pero la celebración era aun mayor cuando llegaban las fotos recién rebeladas, era un evento familiar. No faltaban las risas, los ohhhh..., jajajajajaja, jojojojojojo y el comentario: "Miren esa cara" y claro después el siguiente paso era colocar las preciadas imágenes en el álbum familia (Sí, incluso esa en la que tu tía Paquita te saco sin cabeza y eras tu la del cumpleaños). Cada una de ellas tenia algo especial, incluso las desenfocadas y borrosas. 

En el tiempo de los filtros, los retoques y las poses, extraño las fotos simples, sinceras, de los niños del cumpleaños con la boca llena de gelatina, las fiestas familiares con los platos de comida en una mano y en la otra la chela de rigor. La foto de la comadre gordita y bonachona que trae regalos para todos los niños de la casa y del payaso que cada año viste el mismo traje en las fiestas infantiles. Donde no todos salen lindos o donde el escenario no es perfecto.

Uno de los pocos objetos que quisiera heredar de mi abuela, son los álbumes de fotos de la familia. Las fotos nos hablan de nuestras historias, aventuras, recuerdos. memorias de aquellos tiempos que fueron y ya no serán.

Recuerdo haber visitado una casa donde la anfitriona tenía aún la costumbre de tener las fotos familiares colgadas en la pared y otras pulcramente ordenadas sobre algún mueble de la sala. Me divertí en sobremanera viendo los detalles y las personas que en dichas fotos aparecían. Mientras repasaba con la vista cada una de las imágenes, no puede evitar pensar en las personas de las fotos.  ¿Como habrían transcurrido sus vidas? ¿Donde estarían ahora? y así por el estilo un sin fin de preguntas.

Estaba la foto de bodas de los abuelos, el viaje a París de uno de los tíos de la familia, la foto de la sobrina que fue reina de belleza, el almuerzo familiar de alguna navidad pasada y por ultimo una divertida imagen de los niños junto al perro de la familia.

Pensé en mi familia, en los días de mi infancia, en aquellos que se fueron, en los que llegaron y en el tiempo transcurrido. 

Cuando las familias se destruyen ¿Donde quedan las fotos familiares? ¿Como se desbaratan sus paginas? Nuestras vidas y todas sus imágenes quedan perdidas en algún lugar, donde nadie quiere recordar. No quieren recordar que alguna vez compartieron un espacio común, una vida común, un mundo común. Para sus miembros son solo el recuerdo de un vida rota, promesas incumplidas, el agrio sabor  de una historia inconclusa y tal como una cicatriz en el rostro que al paso de los años ya no nos causa dolor; algunas veces se nos olvida su existencia. Pero en el momento menos esperado nuestro reflejo en el espejo de la vida nos recuerda que alguna vez existió un herida tan profunda y dolorosa que no nos permitía ni siquiera respirar, Allí, donde hoy solo queda una simple cicatriz.

Pero siempre tendremos las fotos. Las fotos de una niñez ingenua, de los días de fiesta, de los paseos al campo. Allí, en aquellas fotos, podremos volver siempre a recordar que existió un tiempo de amor, unidad y todo fue bueno (O cuando menos eso nos dice la memoria que siempre engaña), aunque no todos eramos bellos, atléticos o inteligentes. Eramos felices y eso era suficiente. 

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