Caravana Infinita


Aquella semana era como cualquier otra en el pueblo, a simple vista todo transcurría como cualquier tiempo del año; las personas salían a trabajar, los comerciantes abrían las puertas de sus negocios, los niños acudían a la escuela, todo muy normal. Como era también de costumbre; los helicópteros del ejercito sobrevolaban la ciudad con rumbo a la zona oriental. Día tras día un helicóptero tras otro. Pero ello no era algo que pudiera llamar la atención, pues durante casi diez años estas imágenes eran comunes en el pueblo, tan comunes como el sonido de las explosiones a partir de las seis de la tarde y los continuos cortes de energía eléctrica. Cuando esto sucedía era más que una fiesta para los niños del lugar, pues salíamos a correr por las calles; en las noches de luna llena podíamos jugar acompañados de la claridad de la luz lunar, otras veces podíamos observar las estrellas en el cielo despajado. Además eran infaltables los tan esperados cuentos de terror, donde los espíritus se llevaban a los infiernos a aquellos niños malcriados o las mujeres chismosas que en una sola tarde podían engullir la reputación del  prójimo. Aquellos demonios que también se llevaban a los borrachos que dormían en las entradas de las iglesias y que habían arrebatando el alma a más de uno jugando a las cartas.

Por aquellos días era habitual que todos tuvieran en sus casas linternas a pilas, velas, mecheros y algún vecino pudiente contaba con un radio a pilas portátil que era la fuente de información en la horas siguientes a las explosiones y los cortes de energía. Los niños jugábamos y corríamos, lejanos a toda la realidad que nos circundaba. De vez en cuando ponía atención a las conversaciones de los adultos, pero pronto me retiraban de la habitación, pues los niños no podíamos estar presentes en aquellas conversaciones. No podías objetar o reclamar, pues pronto te mandaban a callar con la frase - Estos son temas de gente grande. Al patio, y no esté preguntando tanto - simple y directo.

Se vivía dentro de aquel clima de violencia continua con tanta familiaridad que ya no sorprendía la noticia de algún tiroteo entre el ejercito y los terroristas o entre el ejercito y los narcotraficantes. La noticia de algún ajusticiamiento comunal en un pueblo vecino era pan de cada día y el hallazgo de algún cuerpo descuartizado o la aparición de algún cadáver arrojado por las aguas del río a sus orillas, no inmutaba a nadie; era todo, parte del mismo cuadro.

Dentro de toda esta vorágine de eventos, la vida del pueblo transcurría en una calma aparente. Se podría decir que todos aceptaban la existencia de tales hechos, pero nadie los quería mirar de frente. Así como cuando algo nos disgusta o nos causa asco. Sabemos que existe, su olor, su presencia, su nombre nos causar repulsión, pero preferimos no pensar en ello he ignorarlo, pretendiendo de este modo que desparezca mágicamente. Pero los eventos de aquellos días no serian indiferentes a nadie. El viernes de aquella semana hubo una gran movimiento en la ciudad, nadie sabia con seguridad  que podía estar pasando, pero era evidente que algo se estaba gestando, algo grande y brutal. ¿Pero como saber los alcances de tales eventos?

Al amanecer del sábado la ciudad despertó con el ruido de las hélices de los helicópteros del ejercito, uno tras otro volaban sobre la ciudad, era difícil determinar cuantas unidades se había dirigido hacia el oriente. Parecía que nada más se movía en la ciudad. Los negocios no abrieron, los niños fueron escondidos en las casas y un silencio sepulcral sucedió al ruido que habían dejado los helicópteros. Todo quedo simplemente detenido; como quien es presa de un hechizo y duerme inmóvil involuntariamente. Susurros, miradas disimuladas, todo parecía haberse sumido en el mas profundo secreto, todo fue invadido por una sensación de soledad, tristeza y abandono. A donde se dirigiera la mirada, todo lucia gris y mustio.

Por la tarde, el cielo rompió en una lluvia incesante, una lluvia tal cual llanto desconsolado, un llanto desgarrado y copioso, un llanto de impotencia. El pueblo parecía haberse vestido de luto. No se oían las risas de los niños en la calle, tampoco los gritos de los vendedores anunciando el pan de la tarde o los tamales caseros, nada.

Al rededor de la media noche se oyó a un grupo de perros aullar, los aullidos se prolongaron alrededor de una hora. Poco a poco cada uno de ellos se fue callando, hasta dejar nuevamente espacio al silencio que cubría toda la ciudad aquella madrugada. Cerca de las tres de la mañana un gallo empezó a cantar. Escuche a mis abuelos caminar en el salón de la casa y hablar entre ellos. - Viejo, el gallo esta cantando - decía mi abuela - Cosa mala, cosa mala, vieja - contesto mi abuelo - Esto es cosa del demonio - sentencio mi abuela y con esa frase termino la conversación.

El domingo las campanas de la  iglesia sonaron, anunciando el primer llamado a la misa, poco a poco los pobladores iban apareciendo en las calles de la ciudad como fantasmas, arrastrando los pies. El pueblo se fue llenado de personas, pero sin mayor emoción. Nadie comentaba nada, nadie preguntaba sobre lo que podría estar pasando. Ni una sola palabra, ni un rumor, pareciera que se hubiera pactado un tratado sobre el tema. Ni un rumor se asomaba, pero los rostros delataban la angustia y el temor que padecían, el sufrimiento que ahogaba sus palabras, la lucha interna por permanecer en calma y no dar paso a la desesperación.

Al rededor de las diez de la mañana se inicio en el pueblo un desfile de camiones imposible de ignorar, uno a uno fueron atravesando la ciudad, cargados con cuerpos mutilados, se podía ver que muchos vestían el uniforme del ejercito, algunos sin piernas, otros sin brazos, los rostros desgarrados, decapitados, partidos por la mitad. Un espectáculo macabro.

Desde la azotea de mi casa y a hurtadillas vi pasar los camiones cargados con los cuerpos de aquellos muertos, en mi mente infantil pensé en las madres de ellos, en sus casas y donde vivirían, pensé que alguna vez habría sido los bebes de alguien, que eran lo hijos de alguien, los amigos de alguien, que los extrañarían y que tal vez no los podrían reconocer; así, mutilados como estaban. Entonces lloré, lloré bajito; lloré, porque no podía hacer nada más; lloré, porque no entendía lo que sucedía y nadie me lo explicaría nunca; lloré, porque le hablaba a Dios y él permanecía callado; lloré, porque uno de los cadáveres se parecía a mi hermano, otro me recordó a un amigo del barrio y así, en cada uno de ellos podía reconocer a los míos y lloré por aquellos que tal vez no tuviera quien les llorara; lloré, porque pronto entendí que  no habría quien pagara las consecuencias, no habría respuestas, no habría justicia, eran lo que vulgarmente se dice: "Carne de cañón" y nada más, carne y simplemente eso, carne masacrada, carne para el matadero, carne de holocausto.

La caravana salió de la ciudad siguiendo la rivera del río, al tiempo que la luz del sol decaía dando paso a la noche, dejando tras de si una nube densa de moscas negras. En las noticia nacionales y locales nadie dijo nada, en los periódicos, ni una sola reseña y al paso de los años en los libros de historia no se registro jamás tales hechos y hasta el día de hoy. Simplemente, no paso.

Recuerda - No preguntes tanto, porque esos son temas de grandes...

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