La Espera
En el verano de 1986, Francisca esperaba que llegara a Lima su esposo Josefo, quien por muchos meses había estado en los perdidos pueblos de la selva peruana. "La montaña" como lo conocían muchos. La montaña, aquel lugar de donde a nuestros oídos pueriles solo llegaban rumores, leyendas, fábulas. De grandes fiestas, derroche, lujo y excesos en los que vivían los señores del narco. La montaña, palabra tan reprimida como prohibida en las gentes de bien, palabra que a su sola mención obligaba a bajar el todo de voz, como quien murmura algún secreto comprometedor.
Las horas pasaron, los días pasaron, los meses pasaron y pronto se sentían los vientos del otoño que anunciaban el pronto final del verano. Ninguna noticia, ninguna imagen, nada, absolutamente nada, solo silencio. Un silencio abrumador, que consumía los nervios de Paquita, día tras día. En ocasiones sus ojos le engañaban y creía ver en algún extraño la imagen de su marido, corría desesperada tras aquella estampa, hasta convencerse que no era él.
Poco a poco el escaso dinero que había enviado Josefo en sus días de ausencia se fue terminando. ¡Pobre Paquita!, con cinco niños a cuentas, no encontraba consuelo a su tristeza. Cada día era una nueva batalla. Una batalla feroz contra el hambre, la indiferencia y el silencio. El silencio de no saber que habría sido de aquel que con tantas promesas había partido meses antes y hoy no pronunciaba palabra alguna de su retorno. No se hicieron esperar los comentarios - ¡Ese marido tuyo ya no vuelve! - aseguraban algunas vecinas, - ¡Seguro que estará andando con otra mujer! - decía alguna tía bien intencionada - ¡Tal vez, tiene un hijo de la calle y por eso no vuelve! - comentaban los chismosos de la cuadra. Como un veneno que se inyecta directamente al corazón, tales palabras le quemaban las entrañas, corrompían sus pensamientos y le producían dolores tales en el cuerpo que por momentos no podía moverse, ni siquiera respirar con normalidad.
Miles de preguntas invadían su mente, - ¿Donde esta? ¿Cuando vuelve? ¿Sera verdad que tiene una nueva familia? ¿Si yo viajo a la montaña? - y así por el estilo, miles de preguntas más. Después de algún tiempo estas cambiaron del todo, ya no buscaban explicaciones para tal silencio.
Paquita cayo en cuanta que estaba sola en este basto mundo. Sola y con cinco niños que mantener, sola y sin saber leer ni escribir bien, pues con muchos trabajos había culminado los estudios primarios ¿Como buscar trabajo en esas condiciones? Las peguntas empezaron a elevar la voz en su mente, la noche que el ultimo kilo de arroz fue sancochado con sal y no fue suficiente para que los niños durmieran sin hambre. Recostada en su cama, pensaba que haría al día siguiente y que al siguiente. Lloró en silencio, apretando los dientes para no ser escuchada, se arrodillo y rezó, pero más que un rezo, parecía un reclamo a Dios, un reclamo cargado de impotencia ante sus circunstancias, lleno de rabia por el dolor que le causaban las palabras de aquellos que veían su desdicha. Aquella noche lloró, lloró copiosamente, lloró como solo se puede llorar cuando el alma esta rota. Entre llantos y gritos ahogados en su almohada, se durmió. Durmió como hace mucho no había podido dormir, durmió profundamente y nada perturbo su sueño por algunas horas. De pronto se despertó con una idea fija, una idea que la lleno de espanto. En aquel momento, hubiera preferido pensar que su Josefo estaba perdido en algún lugar lejano, en los bazos de otra mujer. La idea fue tomando forma, las imágenes aparecían en su mente hasta completar una oración. Una oración que pugnaba por salir de sus labios, como el agua contenida en un río a punto de rebalsar. Pero no tenia el valor de pronunciarla, no podía, no quería.
Paquita cayo en cuanta que estaba sola en este basto mundo. Sola y con cinco niños que mantener, sola y sin saber leer ni escribir bien, pues con muchos trabajos había culminado los estudios primarios ¿Como buscar trabajo en esas condiciones? Las peguntas empezaron a elevar la voz en su mente, la noche que el ultimo kilo de arroz fue sancochado con sal y no fue suficiente para que los niños durmieran sin hambre. Recostada en su cama, pensaba que haría al día siguiente y que al siguiente. Lloró en silencio, apretando los dientes para no ser escuchada, se arrodillo y rezó, pero más que un rezo, parecía un reclamo a Dios, un reclamo cargado de impotencia ante sus circunstancias, lleno de rabia por el dolor que le causaban las palabras de aquellos que veían su desdicha. Aquella noche lloró, lloró copiosamente, lloró como solo se puede llorar cuando el alma esta rota. Entre llantos y gritos ahogados en su almohada, se durmió. Durmió como hace mucho no había podido dormir, durmió profundamente y nada perturbo su sueño por algunas horas. De pronto se despertó con una idea fija, una idea que la lleno de espanto. En aquel momento, hubiera preferido pensar que su Josefo estaba perdido en algún lugar lejano, en los bazos de otra mujer. La idea fue tomando forma, las imágenes aparecían en su mente hasta completar una oración. Una oración que pugnaba por salir de sus labios, como el agua contenida en un río a punto de rebalsar. Pero no tenia el valor de pronunciarla, no podía, no quería.
Sintió unas pisadas acercarse a la puerta de la casa y pronto alguien tocó. Con tres golpes secos llamaron a la puerta. Los niños que ya se habían levantado, salieron a toda prisa, pues los movía la curiosidad de saber quien se hallaba en la puerta. Paquita se apresuro a salir, cuando vio a su hijo mayor recibir una carta, con el sello postal oficial de la oficina del centro del país. Pronto la casa se lleno de algarabía y bulla, - Carta de papá - gritaban los niños, se abrazaban y saltaban sin parar. Por un instante se quedo paralizada ante aquella imagen. Sintió alivio y se apresuro a borrar de su mente aquel pensamiento atroz que la había asaltado a la hora de despertar. Tomo la carta de las manos del niño tan tranquilamente como le fue posible y la abrió con sumo cuidado pues sentía una gran reverencia a aquel momento. Dentro del sobre, habían un par de fotos, unos cuantos billetes cuidadosamente envueltos entre las cuatro hojas que componían la carta escritas a doble cara. La carta iniciaba como tantas otras.
Querida Paquita,
Estos días he pensado mucho en ti y en los niños, no veo las horas de volver a nuestra casa, el trabajo por aquí ya esta casi terminado y pronto los patrones cambiaran de lugar y el pueblo quedara sin vida, mi compadre Julio esta yendo para Huánuco y le he pedido el favor que envíe esta carta al llegar a la ciudad, estoy enviando una muñeca para la pequeña y unas fotos para que los niños no se olviden de mi ...
Paquita continuo leyendo la carta con atención hasta el final, la volvió a leer una vez más y una vez más, cayo de rodillas al suelo y se sobo los ojos, tratando en un esfuerzo inútil de aclarar su vista. Cuan terrible fue su desengaño cuando vio que la carta estaba fechada con cuatro meses de anterioridad. Pegunto al niño ¿Quien había traído la carta?. En un impulso desesperado salió corriendo por las calles, buscando al portador de dicha carta. Exhausta por haber corrido si rumbo y rendida al fin en sus fuerzas, broto de sus labios aquellas palabras que había querido contener a fuerza en una lucha interior. Se deslizaron suavemente y casi de manera inaudible fuero pronunciadas: "Lo asesinaron".
Una tarde cualquiera, muchos años después, cuando ya casi nadie recordaba los acontecimientos de aquel infausto verano. Paquita, ahora convertida ahora en Doña Paca, estaba cerca a cumplir los cincuenta años. Sentada frente al patio de su pequeña casa, acariciaba entre sus manos un viejo papel, las letras eran casi ilegibles. Ella las leía y contemplaba el cielo a ratos, como cuando uno busca procesar una idea. Dos lagrimas gruesas surcaron el rostro de Doña Paca. En su mente, ella había enterrado a su esposo, sin una lapida, sin flores, sin el consuelo de saber donde sus restos habrían quedado. Perdido en algún lugar de la montaña, su cuerpo habría sido torturado y abandonado en la selva enmarañada o tal vez arrojado a las corrientes de algún caudaloso río que borrara para siempre todo rastro de su existencia. Nadie pregunto por él, nadie se atrevió a mencionar su nombre nunca más, sus pertenencias fueron encontradas tal y como las habría dejado el día antes de su retorno a Lima. Año tras año esperando noticias de su muerte. Todo hecho al rededor de su desaparición quedo velado en el mas absoluto secreto. La montaña se lo había tragado, como a tantos otros, de quienes nunca se volvió a saber o a mencionar. Pues de la montaña y sus misterios no hay que hablar.
Respiro hondamente y sintió como un profundo sueño la iba adormeciendo, sus parpados le pesaban cada vez más y más. Entre la bruma de sus sueños, vio a Josefo entrar por la puerta principal y cruzar el patio de la casa, se acerco hacia ella sin pronunciar palabra alguna. Ella dijo entonces: "Te he esperado por mucho tiempo".
Una tarde cualquiera, muchos años después, cuando ya casi nadie recordaba los acontecimientos de aquel infausto verano. Paquita, ahora convertida ahora en Doña Paca, estaba cerca a cumplir los cincuenta años. Sentada frente al patio de su pequeña casa, acariciaba entre sus manos un viejo papel, las letras eran casi ilegibles. Ella las leía y contemplaba el cielo a ratos, como cuando uno busca procesar una idea. Dos lagrimas gruesas surcaron el rostro de Doña Paca. En su mente, ella había enterrado a su esposo, sin una lapida, sin flores, sin el consuelo de saber donde sus restos habrían quedado. Perdido en algún lugar de la montaña, su cuerpo habría sido torturado y abandonado en la selva enmarañada o tal vez arrojado a las corrientes de algún caudaloso río que borrara para siempre todo rastro de su existencia. Nadie pregunto por él, nadie se atrevió a mencionar su nombre nunca más, sus pertenencias fueron encontradas tal y como las habría dejado el día antes de su retorno a Lima. Año tras año esperando noticias de su muerte. Todo hecho al rededor de su desaparición quedo velado en el mas absoluto secreto. La montaña se lo había tragado, como a tantos otros, de quienes nunca se volvió a saber o a mencionar. Pues de la montaña y sus misterios no hay que hablar.
Respiro hondamente y sintió como un profundo sueño la iba adormeciendo, sus parpados le pesaban cada vez más y más. Entre la bruma de sus sueños, vio a Josefo entrar por la puerta principal y cruzar el patio de la casa, se acerco hacia ella sin pronunciar palabra alguna. Ella dijo entonces: "Te he esperado por mucho tiempo".

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